
El otro día me encontré con un amigo que, desde mi perspectiva, tenía la vida perfecta. Esas personas que cuentan con la suerte de tener una pareja estable y un trabajo con buenos ingresos, que hace poco compró un automóvil último modelo después de darse un recorrido por varios países, tal y como lo hace cada año. Yo estaba curioso de escuchar los detalles que aquel maravilloso viaje que, según las fotos compartidas en las redes sociales, no eran más que las vacaciones de ensueño de alguien a quien le vida le sonríe y lo consiente con abundancia.
Para mi sorpresa, en lugar de encontrarme a alguien renovado luego de tener varias semanas de descanso, me encontré a un hombre con una expresión de angustia que reflejaba el momento de agobio por el que atravesaba, unas ojeras que delataban sus malas noches y la actitud intranquila de aquel que no sabe si deseaba estar en ese lugar o salir corriendo. Aunque en un comienzo quería convencerme de que el viaje había sido perfecto, su respuestas secas y casi evasivas me daban a entender lo contrario. Lo cierto es que luego de un par de cervezas, las que bebió como si fuesen jugo de naranja, empezaron a salir las historias de insatisfacción de sus más recientes vacaciones y de su vida.
Cansancio excesivo, incómodos hoteles, dinero malgastado en restaurantes caros, el mal comportamiento de sus hijos y el estrés generado por algunos correos electrónicos enviados por su jefe, fueron la realidad de su costoso descanso. Sumado a lo anterior, el agobio generado por las deudas que ahora incluían una tarjeta de crédito a tope y las cuotas de un nuevo vehículo, junto a la sensación de que su matrimonio ya no iba a ninguna parte, eran, de acuerdo con lo que mi amigo expresó, una compresa que estaba a punto de hacerle estallar la cabeza. No obstante, para mi sorpresa, durante el fin de semana siguiente a nuestro encuentro, nuevas fotos, en un paseo familiar, mostraban a una familia feliz que disfrutaba su almuerzo en uno de los mejores restaurantes ubicado a las afueras de la ciudad.
La situación de mi amigo me recordó a mí mismo, en un pasado no muy lejano, cuando pensaba que mi felicidad radicaba en el disfrute de momentos que resultaban ser efímeros, que luego me dejaban una sensación de insatisfacción y un hueco en mis finanzas cada vez mayor. No sé si sea la era en la que vivimos, si pueda ser culpa de las redes sociales, o simplemente para muchos de nosotros el mejor sinónimo de ser feliz es el mostrarle a los demás lo que hacemos, bebemos, comemos, vestimos y/o disfrutamos, así paguemos un alto costo por ese disfrute.
Paradójicamente, obsesionados por el hacer y que mostrar, no solamente estamos logrando muchos me gusta en las redes sociales o llenando nuestro closet de ropa nueva, sino, que también, en algunos casos, le estamos entregando a la intranquilidad la paz de nuestra mente y corazón. En esa interminable carrera de lograr, alcanzar y exhibir más, nos estamos negando, a nosotros mismos, espacios de reflexión para evitar hacernos la pregunta más importante y fundamental de nuestras vidas: ¿Soy realmente Feliz?
Lo cierto es que, para muchos, como en el caso de mi amigo, aquellas sonrisas de satisfacción que muestran las fotografías o la buena fortuna que simboliza la compra de nuevos activos, significa que estamos vendiendo nuestra paz interior por la despiadada obsesión de mostrar que nuestras vidas están llenas de éxito y gozo, olvidando que la felicidad es un estado emocional que podría asemejarse a un estilo de vida en el cual hay que trabajar y perseverar cada día.
