Llámame Por Mi Nombre

LLÁMAME POR MI NOMBRE

Cuando titulé el presente blog, no lo hice pensando en la hermosa y aclamada película “Llámame por mi nombre”, la cual, fue exitosamente protagonizada por el famoso actor, Armie Hammer, y el nominado al premio Oscar de la Academia, Timothée Chalamet.  Al contrario, el titulo de este corto artículo se encuentra inspirado en una normal y cotidiana situación que muchos vivimos a diario.

Y es que, en un mundo en el que las relaciones interpersonales parecieran cada vez mas deterioradas e impersonales, resultaría fácil pensar que todos los seres humanos ya nos hemos acostumbrados a la perdida de lo que algunos llaman “normas esenciales de urbanidad”.   Pero lo cierto es que aún para muchos, un simple saludo, por dar un ejemplo, es la forma más simple y más efectiva de iniciar una conversación con otra persona.

Hace algunos días en mi trabajo, nos habían informado que uno de los altos ejecutivos de la compañía realizaría una visita rutinaria.  Él había sido integrado al equipo de trabajo de la organización recientemente, así que, de una u otra forma, la presencia de aquel importante visitante era esperada por muchos.  El hombre hizo su arribo, y de inmediato, fuimos citados en la sala de juntas.  Por algunos momentos le esperamos, mientras que él dejaba sus pertenecías en la oficina de nuestro gerente.  El ejecutivo ingreso, su altura, buen vestir y elegancia, dejaban asumir que él era un hombre de buenos modales. Sin embargo, y para la sorpresa de todos, el ejecutivo se dirigió directamente a una de nuestras compañeras, sin saludar a nadie, sin preguntarle su nombre, y sin el mínimo interés en saber a quién él se estaba dirigiendo, le dijo a ella: “Yo soy el nuevo Vicepresidente Comercial de esta empresa, y quisiera saber ¿Cómo piensa ayudarme para incrementar nuestras ventas?”.

Mi compañera, un poco confundida se quedó sin palabras, e inocultablemente molesta, reaccionó y le respondió: “Buenos días, mi nombre es María”.  Él la observó más desconcertado de lo que ella estaba segundos atrás, era obvio que aquella no era la respuesta que él esperaba, y con las miradas expectantes del resto de los asistentes puestas en él, el hombre dijo: “Creo que nuestra conversación debió iniciar de otra forma”, y ella sin dejarlo continuar, le interrumpió de inmediato. “Con un saludo y llamándome por mi nombre hubiera sido lo ideal”.

La reunión continuó, el hombre explicó sus escuetas y para nada innovadoras estrategias comerciales, en realidad, se notaba que él no se sentía del todo cómodo.  Al finalizar la presentación, abandonamos el recinto en un tenso silencio, y un par de horas después, el ejecutivo se marchó. Sin que fuera una sorpresa para nadie, María fue citada en la oficina del gerente. Ella ingresó nerviosa; sin embargo, un claro, y hasta ilógico, llamado de atención verbal no fue suficiente para que mi compañera se sintiera arrepentida de su actitud.

La reacción de María me hizo recapacitar en la forma en que nos estamos relacionando los seres humanos, y pienso en que quizás, muchos de nosotros ya estamos dando por hecho que maneras altivas o descorteses de personas que no saludan, que no se despiden, que no piden un favor, o que no llaman a las personas por su nombre, son actitudes normales de nuestro comportamiento social.

Para nuestro fortunio o infortunio, los seres humanos somos seres de costumbres con una alta capacidad de resiliencia y nos terminamos adaptamos a las situaciones así estas sean adversas para nosotros.  Sin embargo, lo que debe ser claro es que, si permitimos que ese tipo de malas costumbres se arraiguen en nuestras conductas colectivas, muy posiblemente, el día en que definitivamente dejemos de entender que con quienes interactuamos son tan humanos como nosotros, ese día estaremos perdiéndonos nuestro sentido de sociedad y comunidad, y nuestra sensibilidad  humana podría ser reemplazada por espíritus individualistas a quienes lo que le suceda al otro simplemente no les interese.