Para Todos Ustedes, Nuestros Héroes.

Doctor Heroe

Aunque muchos no lo sepamos, lo ignoremos, o simplemente, no lo reconozcamos, Colombia tiene uno de los mejores y más amplios sistemas de atención en salud en el mundo.  Algunos podrán pensar que lo que estoy escribiendo es un disparate, pero, en el papel, como pasa con muchas cosas en mi país, el principio sobre el cual fue fundamentado el sistema es casi perfecto.  Basándonos en las políticas de prevención, en el costo de la atención pagado por los usuarios y en la enorme lista de procedimientos, medicamentos y enfermedades incluidas, nuestra nación tiene una cobertura que muchos habitantes de los países ricos envidiarían.

Sin embargo, y para nuestro infortunio, ese mismo sistema permitió que las profesiones de las ciencias de la salud fueran forzadas a encajar en un modelo productivo, en donde, indicadores de desempeño como los costos y el número de pacientes atendidos por unidad de tiempo, resultaran, en muchas ocasiones, siendo más importantes que las condiciones físicas de cada persona. La idea inicial, perfecta en el papel, se transformó en una unidad de negocio definida por la rentabilidad y utilidad percibida por las instituciones prestadoras de los servicios de salud y sus dueños.

De esa forma, en muchas de esas instituciones, debo aclarar que no en todas, la atención medica se convirtió en un procedimiento mecánico restringido por el tiempo disponible y el presupuesto establecido para la atención de cada paciente.  Adicional a esas dos fuerzas compresoras (tiempo y dinero), muchos de los profesionales de la salud quedaron atrapados entre las ordenes de sus empleadores, la aplicación de sus conocimientos científicos y las expectativas que cada usuario traía consigo mismo.

Por otra parte, el sistema definió que para que un trabajador pudiese justificar su ausencia en el trabajo, debía demostrar que medicamente estaba incapacitado para ejercer sus labores.  En uno de los países en los que se dice que su gente es una de las más felices de este mundo, no era para nada extraño que, posterior a los días de mayor efervescencia de felicidad como pueden ser: el día de las madres, partidos de la selección de futbol y una innumerable cantidad de festivales. El observar una avalancha de usuarios congestionando los servicios de urgencias, anhelado obtener su incapacidad médica, impidiendo, en muchas ocasiones, que aquellos que realmente requerían una atención prioritaria no la pudiesen obtener a tiempo.

Para completar el panorama, los medios de comunicación con todo su poder mediático ingresaron a ejercer un importante papel informativo y educativo.  Titulares noticiosos que insinuaban que los pacientes morían en los servicios de urgencias, clínicas y hospitales bajo la indiferencia médica, catapultó un sentimiento popular de animadversión hacia los profesionales de las ciencias de la salud.

Gradualmente, las profesiones de las ciencias de la salud fueron perdiendo su encanto, respeto y su reconocimiento económico, bueno excepto por algunos especialistas médicos que logran facturar altas sumas de dinero, pero es que, en la realidad, el margen de médicos que pueden acceder a una especialidad médica es tan bajo que ser admitido es casi como ganarse el tiquete dorado de Willy Wonka.  No fue raro, entonces, ver médicos, enfermeras y otros profesionales, trabajando en más de una institución, pasando de un turno de doce horas a otro igual o incluso más extenso, pero es que en muchos casos para pagar el préstamo con el que se pagó la universidad y teniendo en cuenta los bajos salarios, son muchos años de trabajo antes de decir que ser un profesional de la salud paga.

Adicional a la presión mediática, administrativa y el irrespeto brindado por algunos de los pacientes, muchos profesionales vieron a sus vidas y familias esfumarse, y aunque parezca increíble de pensar, en los rumores de pasillo, se sabe que muchos profesionales, debido al exceso de trabajo y al estrés en que pasan sus días, pueden llegar a desarrollar alcoholismo, tabaquismo o adicciones a medicamentos, y en muchas ocasiones, altos niveles de ansiedad y depresión.

Pero, en esas ironías que, en muchas ocasiones, la vida nos trae con sus giros inesperados, de la noche a la mañana, el mundo se vio paralizado tras la propagación rápida, y en centenares de casos letal, de un virus del que, a hoy, no existe una cura que sea capaz de protegernos.  Los gobiernos decidieron recluir a sus ciudadanos con el fin de evitar una expansión, aún peor, de ese enemigo invisible.  Como pudimos nos resguardamos por miedo o por supervivencia, pero mientras que a regañadientes no estresábamos en pensar que hacer durante el confinamiento, un batallón de guerreros debía salir y pararse en la primera línea de defensa.

médicos, enfermeras, auxiliares de enfermería, camilleros, personal del aseo, personal de farmacia y muchos más, aun con sus escudos rotos, dado que muchos ni siquiera han contado con los elementos de protección necesaria.  Ellos y ellas han luchado día y noche, alejándose de sus familias, ya sea por compromiso o por temor de contaminarlos, o una mezcla de los dos.  Esos profesionales de la salud, algunas veces, sometidos económicamente a un trabajo mal pago, humillados por algunos de sus pacientes y criticados por los medios de comunicación, se han mantenido firmes, tanto que, algunos, han encontrado la muerte en este desconocido campo de batalla.

Por cuanto tiempo deberán luchar hasta lograr un triunfo definitivo, es algo muy incierto.  Lo cierto es que una de las pocas cosas positivas que esta situación nos ha traído es una reconciliación social con los profesionales de las ciencias de la salud, quienes se han convertido en nuestros héroes.  Quienes, con miedo, angustia, estrés y los mismos sentimientos que podemos albergar el resto de la humanidad, han salido a trabajar y a luchar por salvarnos y permitirnos ver a nuestros seres queridos aun incluso si para ello, ellos deben alejarse de los suyos.

Para todos ellos “¡Mil Gracias!”.

 

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