Icono del sitio Yon Jimenez

¿Qué tan irreal es el mundo que observas?

Desde hacía mucho tiempo había soñado con conocer Europa, añoraba visitar Florencia, en Italia. Después de años intentándolo, logré tener los ahorros suficientes para comprar mis tiquetes de avión. Con varios meses de antelación, empecé con la planeación de mis vacaciones. Entre artículos de blogs y videos en YouTube, pasé muchas horas tratando de encontrar las recomendaciones que, sin duda, harían del viaje el mejor de mi vida.

Luego de ver decenas de videos, decidí volver a ver aquellos que, según mi opinión, eran los mejores. Tomé nota de restaurantes, bares y sitios turísticos; no paraba de soñar despierto con Florencia y ver todo lo que recomendaban los expertos en viajes. Después de 26 horas de viaje, llegué a mis destino soñado; no podía estar más feliz. Sabiendo que mi hospedaje estaba cerca de la terminal de trenes, tomé mi equipaje y empecé a caminar por las angostas calles florentinas. Sobre andenes angostos y un recorrido empedrado, jalé 25 kilos de equipaje esquivando transeúntes y carros. 

Estresado, descargué el equipaje, tomé mi cámara de fotografía y salí a recorrer Florencia. Con tan solo un par de cuadras recorridas, mi mente ya presagiaba que mi experiencia no sería tan placentera. El tumulto era increíble, había que estar muy atento a no chocar con otros turistas. Llegué a la Plaza del Duomo donde se encuentra la catedral de Santa Maria de Fiore y mis ojos se quedaron pasmados, no por la magnificencia de la obra, sino por una inevitable desilusión al encontrarme con un lugar diferente al que mostraban los youtuberos. Con andamios, partes cubiertas por lonas, mármol oscurecido y, en algunos casos, manchado por el polvo y el moho, la iglesia distaba de la edificación de colores vibrantes que había visto en los videos.

Me tomó varios minutos entender que, frente a mí, aun en pie, se encontraba una estructura de más de 600 años. Traté de tomar la foto perfecta, pero siempre había alguien que se atravesaba. Siguiendo el consejo de los expertos, con anterioridad, había comprado los tiquetes para ver el interior de la catedral; debo confesar que fue la mejor recomendación recibida. No obstante, el guardia de seguridad me informó que no podía entrar mi mochila, así que me dirigí a dejar mi maleta en el guarda equipaje, pero me requirió más de una hora el dejar mis pertenecías en un sitio seguro.

A la mañana siguiente, me levanté temprano, tenía programada la visita a la galería de la academia y mi boleto tenía hora de entrada determinada. Al tomar la calle que conduce a la entrada, me impactó la muchedumbre y las largas filas por todos lados. Bajo un sol picante, lo único que observaba era gente estresada, rostros decepcionados y turistas discutiendo. Ni mencionar a los que no habían adquirido sus boletos con antelación, llevaban más de cuatro horas esperando y un aviso les recordaba que posiblemente no lograrían conseguir uno. Más de 90 minutos esperé hasta poder ingresar;  libre de maleta, pasé el punto de seguridad rápidamente. 

Finalmente, llegué a hasta la sala donde se encontraba él, el David. Imponente, más grande de lo que lo imaginaba, era perfecto. Desafortunadamente, la multitud tratando de tomarse una foto con la escultura a sus espaldas hacia muy difícil acercarse. Me detuve un momento y observé algo interesante, mucha gente veía la escultura solo a través de las pantallas de sus teléfonos móvil, tomaba el video o la selfi y seguían de largo. Me dije a mí mismo: “No he venido hasta aquí para tomar una simple foto”. Me hice a un lado y, despacio, le di la vuelta a la escultura; entendí el porqué es considerada una obra maestra.

Ya en la comida recapacitaba a cerca de mi experiencia, la que hasta ese momento no era tan feliz como seguramente si lo había sido para aquellos que realizaron los videos. Me cuestionaba mi sentimiento de desilusión aun estando en el lugar que siempre había querido conocer. Llegué a la conclusión de que había puesto en mi mente una imagen creada por otro, alguien que sabía que estaba vendiendo, en cierta forma, una falacia. Me reproché el haber gastado tanto dinero y energía para sentirme decepcionado; afortunadamente el atardecer me reconectó con la ciudad.

Queriendo darme una nueva oportunidad, decidí madrugar a la mañana siguiente. Antes de las seis mañana ya estaba recorriendo las calles de Florencia. El silencio me permitió escuchar el canto de las aves y las calles desocupadas me dejaron ver las hermosas fachadas de los edificios. Al acercarme de nuevo a la catedral, me tomé el tiempo de detallar las esculturas, los vitrales y la magnificencia de la edificación. Al llegar a la plaza de la Signoria, encontré a una pareja de recién casados tomándose fotos y a un par de creadores de contenido haciendo sus videos.

Imaginé que luego los videos serian editados y que, gracias a algunos efectos especiales, el cielo tendría un azul radiante, a pesar de que, en realidad, el sol apenas acariciaba el día. Pensé en que ingenuamente nos creemos el mundo que nos muestran. Sin dudarlo, asumimos que todo es verdad, pero cuando la realidad dista de la fantasía que nos han vendido aparece la desilusión y la insatisfacción, dos sentimientos que nos han arrebatado la felicidad a la que le hemos dado la espalda queriendo copiar los pasos de aquellos que presumen vivir en un mundo perfecto.

Para el resto de mis vacaciones seguí con la lista que había preparado. Sin expectativas, visité cada sitio, sin filtros y efectos de luz, disfruté de las maravillas que otros nos han dejado. En lugar de seguir las recomendaciones de sitios para comer, opté por consultar a los lugareños y experimentar el verdadero sabor de cada lugar. Decidí ver el resto de mi viaje con mis propios ojos y deleitarme con todo lo que veía. Como gran lección aprendí que cada uno tiene el derecho a tener una visión de lo que le rodea, pero en mi caso quiero que mi mundo tenga el colorido que yo le quiera dar y no la visión fantasiosa de otros que tan solo desean alcanzar el mayor número de reproducciones de sus video.

Y Como siempre, gracias por leerme.

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