Mi Autoestima en los Tiempos de la Redes Sociales

 

La influencia de las redes sociales en tu vida

Cuando las redes sociales llegaron a mi vida.

Yo podría decir que tenía, bueno creía, que tenía algo de autoestima, pero lo cierto es que, en algún momento, me encontré a mí mismo atrapado entre las historias que posteaban mis amigos o conocidos y mi percepción de vivir una vida aburrida y decepcionante, una vida lejos de las historias, fotos, videos, y los me gusta que alcanzaban aquellos que pertenecían a mi red de ciberamigos.

Recuerdo perfectamente que mis sentimientos hacia mis actividades y mi rutina diaria eran cada vez más negativos cuando veía las fotos de cenas, restaurantes, viajes, motos, vehículos, ropa, sesiones en el gimnasio, y una que otra expresión de amor, cada vez que abría una de las tantas redes sociales a las que pertenecía.  Mis ojos se fijaban en cada imagen y veía detalladamente todo lo que aquellas fotografías contenían, y mi mente, que no distinguía entre la realidad y la falsedad que a veces ronda por el ciberespacio, de una u otra forma solo pensaba en que yo no poseía nada de aquello que veía, y se frustraba por no poder hacer, imitar, o superar lo que los demás mostraban en sus posts.

Con honestidad y algo de vergüenza, debo reconocer que el no poder hacer lo que otros posteaban, me despertaba cierto sentimiento de enviada, que luego se transformaba en tristeza y desilusión hacia mí mismo.  Y es que adicionalmente, y para mi infortunio, en el que era mi trabajo de ese entonces, tenía a dos compañeros, a quienes obviamente yo seguía en las redes sociales, y a quienes que yo mismo llegué a considerar como vivos ejemplos de la vida fantástica que yo quería vivir.

Ella, quien era una mujer bonita, de figura voluptuosa, y con un matrimonio de cinco años, semanalmente mostraba a través de sus posts, la perfecta relación amorosa que vivía.  Viajes de fines de semana, cenas, obsequios, y flores entre otras muestras de amor, eran una tortura para alguien que no tenía pareja, y mucho menos, el dinero requerido para darse semejantes gustos.  Por un largo periodo de tiempo, y sagradamente, yo le daba un clic a cada foto que ella subía, las que religiosamente cada lunes mi ciberamiga con detalle describía, explicándonos cada sabor, cada olor, y cada actividad que ella y su amado esposo realizaban.

Y, por otra parte, él, un hombre de mi misma edad, delgado, amante del ejercicio y los deportes extremos, y quien se caracterizaba por vestir siempre la corbata de moda.  A diferencia de ella, él cada mañana, nos narraba sus aventuras y nos mostraba las fotos de sus nuevas conquistas, mujeres bellas, a quienes él conocía en los bares de moda que visita con frecuencia.  Sus cientos de fotos en el gimnasio mostrando las últimas tendencias de ropa deportiva y los resultados en su cuerpo, eran un bajo golpe en la autoestima de este gordito, a quien su presupuesto escasamente le alcazaba para correr por las frías calles de mi vecindario.

Los cierto es que, con el tiempo, la vida me dejó ver la realidad, y descubrí que no todo lo que brilla en el ciberespacio es oro.

Ella, luego de un fin de semana en el que celebraba su sexto aniversario de casada, no se presentó a trabajar, y aunque algunos en la oficina sugirieron que ella aún debería estar sufriendo los efectos de la bien difundida celebración en las redes sociales (resaca).  Sin embargo, lo que en realidad sucedió es que ella fue golpeada por su esposo luego de una fuerte discusión en la que el marido le cuestionaba el dinero que ella había gastado en la celebración.  Días después, nos dimos por enterados que, en realidad, ella hacía todo eso para salvar su matrimonio, que ella era quien pagaba todo, y que constantemente sufría en silencio, las infidelidades del que creíamos era el marido perfecto.

Y en cuanto a él, la ultima vez que lo vi, recuerdo muy bien que estaba descompuesto y alterado, constantes llamadas a su celular de alta gama le indisponían.  Él se acercó a mi escritorio y me pidió algo de dinero prestado, me dijo “Olvide mi billetera en casa, me puedes prestar algo de dinero, mañana te los pago”.  Y bueno, aunque no era mucho lo que yo tenía, se lo preste, como no confiar en alguien que vestía semejantes corbatas tan finas. Lo cierto, es que él se perdió, nunca más volvió a trabajar, y como ocurre siempre, rápidamente nos esteramos que le debía dinero a todo el mundo, que hacia meses no paga la renta, que le habían cortado la electricidad en el apartamento, y que los bancos habían embargado su salario.

No puedo negarlo, cuando supe que mi compañero no volvería y que mi dinero se había esfumado con él, me dio mucha rabia, pero lo cierto es que esas dos situaciones cambiaron mi percepción de lo que veía en las redes sociales.

Esa tarde, cuando regrese a mi casa, vestí mi confortable pero no costosa pijama, me senté en mi sillón, me desconecte de las redes sociales y observé todo a mi alrededor, y una satisfacción de tranquilidad tocó mi corazón, y comprendí que aunque lejos de los bares, restaurantes, y exóticos lugares, todo, absolutamente todo lo que veían mis ojos era real y que aunque con humildad, verdaderamente me pertenecía a mí.

Nuevamente, mil gracias por leerme.