Un Buen Perdedor

Que la política no sea uno de mis temas favoritos no quiere decir que sea totalmente ajeno a ella, para bien o para mal, son los políticos quienes llevan y determinan las riendas de nuestros gobiernos y en sus buenas o malas decisiones, nuestras vidas pueden verse afectadas o facilitadas.  Como muchos, he seguido los resultados y sucesos de las más recientes elecciones presidenciales en los Estados Unidos y aunque no deseo que este blog sea uno más de los tantos comentarios o artículos relacionados con la actitud asumida por Donald Trump, si quisiera analizar esa, desde mi punto de vista, obstinada posición asumida por uno de los lideres más importantes de la actualidad, en la que deja ver su ciega obsesión por nunca perder y su poca disposición para aceptar la derrota.

Con el respeto que me merecen quienes admiran al actual mandatario de los Estados Unidos y antes de que fuese elegido presidente, para mí, Donald Trump enmarca las actitudes y características, tanto positivas como negativas, de aquellos que adoptan como modo de vida el convertirse en la reencarnación viva del Rey Midas, quien, según la leyenda, tenía la facultad de transformar todo lo que tocaba en oro.  No quiero decir que tener cierto grado de ambición o pretender tener más de lo que se tiene sea algo negativo, al fin y al cabo, todos desearíamos poseer más de lo que tenemos y preocuparnos un poco menos por nuestras necesidades económicas.  Sin embargo, lo que si debiésemos tener presente es que tan obsesionados estamos con el éxito que, incluso, nos puede llevar a romper las reglas con el propósito de conseguirlo, y, si estamos capacitados mental y físicamente para soportar el fracaso.

Desde hace mucho tiempo y, creo yo, más exacerbado con la llegada de las redes sociales, para muchos de nosotros la necesidad de alcanzar el éxito ha dejado de ser una opción para convertirse en la única regla de supervivencia.  Desde pequeños nos vemos sumergidos en cualquier tipo de concurso o medición, en la cual solo hay un lugar y ese es, ser el número uno.  Para quien obtenga el segundo, tercero o cualquier otro lugar, el esfuerzo no es reconocido, su trabajo no es destacado y su nombre nunca estará escrito con las letras doradas del triunfo.  Todos de una u otra forma nos hemos dejado arrastrar por la rueda de la fortuna y su loco viaje en el que no hay lugar para perdedores. Pero, si solo hay lugar para el que gane la victoria, ¿qué pasa con aquellos que se quedan atrás? ¿Somos capaces de aceptar la derrota? ¿Somos suficientemente resilientes para empezar de nuevo? ¿Estamos preparados para perder en más de una ocasión? 

Cada día me convenzo más de que para todos aquellos que vivimos en esta época y para las futuras generaciones, el ser exitosos, en cualquier proyecto o sueño en lo que nos embarquemos, es y será la única forma en la que seremos valorados como seres humanos y con la que encontraremos nuestro lugar en esta sociedad.  Sin embargo, no deja de ser preocupante que la presión por encontrar el beneplácito de la diosa fortuna no nos está dejando el espacio para prepararnos, a nosotros mismos, en el caso del que el éxito nos sea esquivo o, simplemente, nuestros planes terminen dirigiéndose hacia la desagradable y no deseada opción del fracaso.

Y es que esa insaciable necesidad de ser famosos y exitosos, entre más rápido y con menos esfuerzo mucho mejor, está provocando una descompensación emocional en aquellos que no estamos preparados para afrontar una derrota. Desde los fracasos económicos en los que capitales familiares y personales se esfuman como el humo, incluyendo enfermedades mentales como la depresión y la ansiedad.  Pasando por las adiciones a sustancias como: las drogas psicoactivas, el alcohol y hasta las bebidas energizantes empleadas para mantenernos activos y despiertos, y terminado con el triste incremento en las tasas de suicidio, son parte de la larga lista de consecuencias que nos puede dejar el correr la loca maratón de la victoria.

Me pregunto si nuestra sociedad, algún día, estará preparada para detener este exhaustivo ritmo y nosotros mismos, nuestras familias, los centros educativos y hasta los lugares de trabajo, entenderemos que el éxito no es la única meta para alcanzar en nuestras vidas.  Quizás más temprano que tarde, finalmente, entendamos que somos diferentes, que nuestras capacidades y habilidades son diversas y que en el largo camino de nuestra existencia el fracaso es, también, necesario.  Saber perder debe hacer parte de nuestro aprendizaje, tener la capacidad de analizar los errores cometidos, automotivarnos para reiniciar nuestros proyectos, o simplemente, tomar la decisión de emprender un nuevo camino en otra actividad, deberían ser parte de las opciones que pueden traer, al final, nuestros planes.   Y que más allá de exaltar el triunfo de los ganadores, lo transcendental es tener presente que lo mas importante es la salud mental e integridad de cada uno de nosotros, porque al final, ningún éxito vale la pena, si para alcanzarlo, debemos sacrificar la tranquilidad de nuestras almas.

Photograph: Jim Watson/AFP via Getty Images